24/2/10

Cómo enseñar lengua española sin torturar al alumno

Por: Enrique Soldevilla

Hay dos tipos básicos de transmisión de saberes: el que enseña de manera práctica y mecánica cómo hacer algo técnico y específico, como ensamblar un motor de combustión interna, y otro que enseña a razonar sobre aspectos que, precisamente por no tener como finalidad una “aplicación técnica”, necesitan desencadenar procesos de razonamientos, manejando nociones abstractas, para que un tema de estudio especifico llegue a ser comprendido. Dentro de este último tipo de transmisión de saberes se ubica la enseñanza de la lengua española.

Se trata de una materia a la cual -en un mundo dominado por las ciencias aplicadas, la técnica y el comercio- los estudiantes suelen rechazar, no sin faltarles alguna cuota de razón, dada su experiencia de haber cursado año tras año, en cada grado, los mismos contenidos, en esencia repetidos. Terminan el bachillerato saturados de gramática normativa o de conceptos lingüísticos y empiezan su vida universitaria deseando no tener jamás que volver a dividir una palabra en sílabas, subrayar un sintagma ni a demostrarle al profesor cómo se hace una oración subordinada en función adjetiva. No quieren ser de nuevo torturados con una cadena de categorías inservibles para los no especialistas, cuya finalidad educativa -obligada por una concepción curricular inadecuada- se empeña en producir “gramáticos”, en vez de intentar producir comunicadores eficientes.

No olvidemos que el ser humano, en su desarrollo, primero aprende a comunicarse y después, en los años iniciales de escolarización, es que aprende las reglas básicas de uso gramatical de su idioma materno. Esto significa que ninguna persona emite sus ideas racionalizando en términos gramaticales lo que dice. Nos comunicamos mediante un idioma codificando y decodificando los significados semánticos de un mensaje. Nadie decide así: “A María voy a explicarle, mediante una subordinada sustantiva, que no estoy de acuerdo con su criterio sobre la tala de árboles”. Quizás no ocurre de ese modo porque la velocidad del pensamiento humano es superior a la de su expresión lingüística. Los estudios de Noam Chomsky demuestran que los hablantes pensamos y transmitimos intencionalmente significados semánticos; es decir, contenidos de información que son captados como una unidad de comunicación concreta en cada caso. Apreciemos el siguiente ejemplo: “Los campesinos encontraron una épsula en Bonao”. Tenemos una oración gramaticalmente clara pero semánticamente oscura mientras no sepamos qué es una épsula. No se entiende aunque esté bien construida gramaticalmente. ¿Entonces qué utilidad práctica tiene focalizar la enseñanza de un idioma en la gramática normativa? Los estudios de lingüística deben reservarse para las carreras universitarias de letras y humanidades.

Por otro lado, los resultados de las pruebas nacionales demuestran que el empeño curricular en formar “gramáticos” no ha sido ni será efectivo en la enseñanza de la lengua española mientras no abandone la idea de que la normativa gramatical es un fin en sí misma. Esto no significa que dejemos de enseñar las reglas y los principios de uso de nuestro idioma, sino que no focalicemos la docencia exclusivamente en ellos.

En su lugar debemos enseñar redacción, análisis e interpretación de textos. Una buena estrategia sería apoyarnos en una pragmática semántica - comunicacional, que ofrece un enfoque más próximo a la realidad de los hablantes. ¿Cuál es la vía? Aquella que centra el proceso docente en la redacción de textos, entrenando al alumno a fijarse en el significado de la totalidad de un acto discursivo, y no en la estructura morfosintáctica del mismo. Es decir, la que muestra los marcadores informativos de un mensaje, no la función gramatical de ellos; a la vez, la que demuestra que cada acto discursivo está determinado por la intención comunicativa del individuo. En todo el proceso se asume la oración gramatical (simple o compuesta) como la unidad mínima de comunicación con sentido completo, la única capaz de hacer entendible, para el receptor, una idea terminada.

Desde esa estrategia cada clase debe convertirse en un taller de lectoescritura donde los estudiantes “vivan” el proceso creativo de un texto y desplieguen todo el conocimiento previo que posean acerca de un tema; que aprendan a contextualizar la comunicación para precisar significados. Por esta vía formaremos, desde edades tempranas, individuos con mejores capacidades de razonamiento crítico-analítico, propiciándoles así múltiples autopistas de acceso a la comprensión de otras materias, porque al fin y al cabo, todo conocimiento adquirido se recibe y se transmite a través del lenguaje humano.

1 comentario:

enrisco dijo...

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