28/12/08

Un violinista en el metro


Un hombre se sentó en una estación del metro en Washington y comenzó a tocar el violín, en una fría mañana de enero. Durante los siguientes 45 minutos interpretó seis obras de Bach. Durante el mismo tiempo, se calcula que pasaron por esa estación algo más de mil personas, casi todas camino a sus trabajos.

Transcurrieron tres minutos hasta que alguien se detuvo ante el músico. Un hombre de mediana edad alteró por un segundo su paso y advirtió que había una persona tocando música.

Un minuto más tarde, el violinista recibió su primera donación: una mujer arrojó un dólar en la lata y continuó su marcha.

Algunos minutos más tarde alguien se apoyó contra la pared a escuchar, pero enseguida miró su reloj y retomó su camino.

Quien más atención prestó fue un niño de 3 años. Su madre tiraba del brazo, apurada, pero el niño se plantó ante el músico. Cuando su madre logró arrancarlo del lugar, el niño continuó volteando su cabeza para mirar al artista. Esto se repitió con otros niños. Todos los padres, sin excepción, los forzaron a seguir la marcha.

En los tres cuartos de hora que el músico tocó, sólo siete personas se detuvieron y otras veinte dieron dinero, sin interrumpir su camino. El violinista recaudó 32 dólares. Cuando terminó de tocar y se hizo silencio, nadie pareció advertirlo. No hubo aplausos, ni reconocimientos.

Nadie lo sabía, pero ese violinista era Joshua Bell, uno de los mejores músicos del mundo, tocando las obras más complejas que se escribieron alguna vez, en un violín tasado en 3.5 millones de dólares. Dos días antes de su actuación en el metro, Bell colmó un teatro en Boston, con localidades que promediaban los 100 dólares.

Esta es una historia real. La actuación de Joshua Bell de incógnito en el metro fue organizada por el diario The Washington Post como parte de un experimento social sobre la percepción, el gusto y las prioridades de las personas. La consigna era:
en un ambiente banal y a una hora inconveniente, ¿percibimos la belleza? ¿Nos detenemos a apreciarla? ¿Reconocemos el talento en un contexto inesperado?

Una de las conclusiones de esta experiencia, podría ser la siguiente:
Si no tenemos un instante para detenernos a escuchar al mejor músico interpretar la mejor música ¿ qué otras cosas nos estaremos perdiendo ?

22/12/08

FELIZ NAVIDAD Y HAPPY NEW YEAR CON CULTURA FALICA



EMILIO DE BENITO, del diario español El País, nos trae esta nota genital:

14,27 centímetros. Ése es el tamaño medio de los penes de los hombnres de la UE, según un estudio hecho mediante 10.470 entrevistas en los Vienticinco por el Instituto para la asesoría sobre Condones alemán, una organización que se dedica a asesorar a los fabricantes de preservativos para que fabriquen los productos más adecuados para sus potenciales clientes.

El trabajo muestra que los franceses son líderes en la clasificación, con 14,58 centímetros de longitud y una circunferencia de 13,63 centímetros. Les siguen -en longitud- suecos y estonios. Obviamente, se trata de tamaños alcanzados en erección.

Los españoles no salen especialmente bien parados en la muestra: se encuentran en el 21º puesto de los 25, con una media de 13,58 centímetros. Sólo están por detrás británicos, irlandeses, finlandeses y griegos, que ocupan el último lugar con 12,18 centímetros. Aunque ningún país se acerque a los míticos 20 centímetros, la web Chueca.com, que recoge el trabajo, tranquiliza a los lectores recordándoles que cualquiera de estas medidas está muy lejos de lo que se considera un micropene (7 centímetros en erección).

20/12/08

Memorias del 68

Por: Alfredo Prieto


1968 es uno de esos años que marcan una suerte de parteaguas. Fue prolífico y tenso, caracterizado por los sucesos del mayo francés durante un verano en el que estudiantes y obreros decidieron retomar el protagonismo de los días de la Comuna; los tanques soviéticos invadieron Praga, como lo habían hecho antes en Hungría, una acción que en el fondo traslucía la artificialidad de los pactos de la Guerra Fría, mientras en México DF el fuego a mansalva contra los manifestantes en la Plaza de las Tres Culturas, a manos del Batallón Olimpia, dejaba un número de víctimas todavía hoy no esclarecido del todo.
En Cuba fue el año de la Ofensiva Revolucionaria, que cortó una eficiente red de servicios fuertemente arraigada en la cultura nacional para ponerla en manos del Estado. Se produjo la primera graduación de mujeres como operadoras de unos tractores llamados “piccolinos” en el Cordón de La Habana, uno de los fiascos económicos del período heroico. Fidel Castro lanzaba la tesis de los Cien Años de Lucha en un discurso donde establecía la continuidad de la Revolución con la primera guerra de independencia contra España, iniciada por Carlos Manuel de Céspedes en Oriente. Humberto Solás y Manuel Gutiérrez Alea estrenaban Lucía y Memorias del Subdesarrollo, dos de los clásicos del nuevo cine promovido por el ICAIC, la primera institución cultural legislada por el Gobierno Revolucionario en marzo de 1959. El jurado de Casa de las Américas otorgaba el Premio al novel escritor Norberto Fuentes por Condenados de Condado, que tanta importancia tendría en la llamada narrativa de la violencia, pero invisibilizado poco después de la arena pública. Heberto Padilla recibía el Premio Poesía “Julián del Casal”, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), por su libro Fuera del juego y Antón Arrufat el de Teatro con Los siete contra Tebas, publicados con una disonante declaración institucional y atacados en la revista Verde Olivo por un tal Leopoldo Ávila, mientras el pintor Raúl Martínez “traducía” al cubano a Andy Warhol y los afiches de cine competían en buena lid con los polacos. El Congreso Cultural de La Habana, que congregó a más de setenta intelectuales de diversos países, declaraba su compromiso tercermundista, con la liberación nacional y con la lucha de los vietnamitas. En la clausura, Fidel dijo:“Porque no puede haber nada más antimarxista que el dogma, no puede haber nada más antimarxista que la petrificación de las ideas. Y hay ideas que incluso se esgrimen en nombre del marxismo que parecen verdaderos fósiles”. Silvio, Pablo y Noel le hacían decir cosas nuevas a la guitarra.
En 1968 tuve mi primera experiencia en el trabajo agrícola al marchar durante dos semanas a Ciego de Ávila, a unos cientos de kilómetros de la capital, para guataquear caña en un ex campamento de la UMAP, un sitio reservado para la “lacra social”--categoría aplicada a homosexuales, religiosos y personas sin vínculo laboral. Al regreso, nuestro grupo de adolescentes se reunió un apartamento del Vedado para oír un nuevo disco recién salido a la venta: el Album Blanco de los Beatles, gracias a un capitán de la marina mercante que lo había traído de Francia, aun cuando la música del cuarteto de Liverpool estuviera marginada de la radiodifusión oficial debido a un puente mecánico y equivocado entre cultura y política, al decodificarse como parte de una “penetración cultural imperialista” de la cual nos reíamos con sordina, porque entendíamos que al rock y a la revolución no había por qué ubicarlos en aceras opuestas. Y la mayor paradoja consistía en algo que apenas barruntábamos entonces: toda aquella música formaba parte de una contracultura propia del imaginario de aquellos jóvenes que tenían como estandartes el amor y la era del Acuario, y se manifestaban en las universidades contra la guerra de Viet Nam enarbolando a menudo la famosa foto del Che obturada por Korda durante los días de la Crisis de los Misiles.
Los años sesenta no pueden idealizarse desde la nostalgia. Fueron de maravillosos cambios en las relaciones entre las personas y alteraron en lo profundo las maneras y modos de vivir de los cubanos, pero también generaron una dosis de sectarismo y exclusión que conviene conjurar si se quiere de veras un modelo social más humano e integrador, menos verticalista y centralizado; en una palabra, más humanista y revolucionario del que recibimos en herencia. “La felicidad es un arma tibia”, escribía aquel beatle de pelo largo, espejuelos en el aire y voz medio gangosa en una tonada que estremecería al mundo, incluso a aquellos adolescentes de mi grupo. Hoy los he visto de nuevo al sacar del armario una foto en blanco y negro para escanearla y mandársela a Vicky, la hija de aquel capitán de barco que cuarenta años después del Album Blanco vive en un apartamento de Miami Beach y todavía suspira por su malecón habanero.

Alfredo Prieto es ensayista y editor cubano. Reside en La Habana.

18/12/08

Señalamiento crítico

"Los presidentes y los pañales deben ser cambiados frecuentemente ...y por la misma razón".
Pamper Alonzo

3/12/08

El cemeterio de los falos erectos

Por Alfredo Prieto

Zoé Valdés ha vuelto a tomar la adarga en el sobaco. El pasado domingo, los asistentes a la Feria del Libro de Miami escucharon un recital escatológico que, a todas luces, le dio tubo y raya a un famoso poema de Francisco de Quevedo y Villegas, “A un bujarrón”, con la diferencia que media entre la buena literatura y su sombra chinesca.
La cubana demostró ante el público por qué escribe como lo hace: “Miami está peor que nunca. Como dijo un amigo de una amiga mía, es el cementerio de las p… paradas” --una expresión que designa a los penes-- “y de las chochas chorreantes”, otra que remite a las vulvas. “Soledad y falta de cabilla”, remató. No se refería aquí a una carencia del material constructivo empleado para levantar los rascacielos del Downtown, sino a otro signo lingüístico con que la jerga popular designa al falo. Habiendo leído alguna que otra novela suya donde se describen con lujo de detalles posiciones sexuales difíciles de hallar hasta en el mismo Kama Sutra --eso para mí, lo confieso, no es ningún problema--, pero donde se emplea un lenguaje que, para ser exactos, mi abuela identificaba con los carretoneros, en el fondo no hizo sino patentizar su vocación por los caños. Sus declaraciones, pues, no constituyen para nada una incongruencia, sino todo lo contrario.
Pero a esa voluntad de epatar, que parece estar inscrita en piedra, se suma ahora una faceta inédita: declarar casi inexistente la vida sexual de los cubanos miamenses, esa que por una cuestión cultural tiene, básicamente, las mismas características de los de la Isla: apasionados, fogosos, hirvientes, bárbaros, rompe-sábanas y un largo etcétera, según una mini-encuesta hecha hace poco por un académico a sus alumnos en una salita del ICAIC. Pero, exageraciones aparte, se trata de un hecho comprobado en nuestra cultura, y no veo cómo el mero dato de mudarse al otro lado del Estrecho le sirva de motivo para declarar disfunciones eréctiles mortuorias, a menos que con lo de las vulvas empapadas tenga en mente a las medio-tiempo que a la salida de las discotecas de South Beach andan buscando a esos apuestos y fornidos balseros, quienes ejercen el más antiguo de los oficios por una bonificación razonable. Pero aun así, lo veo como un contrasentido, pues evidentemente sin erección no hay bonificación posible. Y esos muchachos no tienen, que yo sepa, fama alguna de losers.
Lo otro pertenece a un terreno distinto: el de la política. Ya antes había publicado en un periódico español una defensa del dictador Fulgencio Batista al presentarlo como una suerte de Pericles tropical, saltando olímpicamente por encima del reguero de muertos que dejó en su camino y de los millones de dólares que se robó de Cuba. Pero esta vez no se dedicó a la Historia. Declaró: “Miami ha cambiado mucho (…) La moda es ser obamista y castrista o dialoguero. Si dices que hubieras votado por McCain te comen vivo. Miami está peor que nunca…”. Esto sin dudas merecería un artículo aparte, pero su idea central podría resumirse en un clásico refrán español según el cual cuando se ladra es porque alguien cabalga.
Por lo demás, ya terminaron los tiempos en que la gente se escandalizaba cuando las vanguardias europeas epataban al público utilizando un mingitorio como objeto artístico o poniendo a una muchacha vestida de blanco a recitar palabras obscenas. Cuentan que André Bretón le dijo a Luis Buñuel: “En nuestros días, querido amigo, ya nadie se asombra”. Quizás la vocación de la autora pueda tener mucho mejor cauce si se dedicara alguna vez a lo único que no ha hecho hasta ahora: escribir letras para ciertos reguetones, que por lo menos tienen el desencanto de lo directo, siempre muy por debajo de la sutileza poética de si me pides el pescao te lo doy. Ese será, probablemente, su verdadero cementerio.

Alfredo Prieto es ensayista y editor cubano. Reside en La Habana.