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31/8/07

La guerra de las ideologías (III y final)

Más allá del Quinquenio o del Decenio

Concluido los llamados quinquenio gris o decenio negro, la problemática abordada no concluye. Ciertamente desaparecen algunas de las figuras que más daño hicieron como la señora Malmierca, Llanusa, Muzio, Pavón, Serguera, Quesada, Fundora, Vecino y otras, y con éstas sus desastrosas consecuencias. Otras figuras se retractan de facto y dejan de incursionar punitivamente en las diversas zonas de la cultura. Hart, desde el Ministerio de la Cultura, es artífice de una visible rectificación y superación de las secuelas de esos años.

Imaginar que todo lo discutido es agua pasada que no mueve molinos, sería no menos ingenuo. La promoción de Carlos Aldana abre otro episodio para la controversia, donde se dan de la mano su quehacer dogmatizante en los ya mencionados tiempos de la Dirección Política Central y sus viejos vínculos a los jóvenes promocionados por los años del sectarismo. Erróneamente identificado por trasnochados corresponsales extranjeros como “el tercer hombre de Cuba,”Aldana muy pronto daría muestras de retorno a las viejas políticas punitivas, a pesar de ciertos aires properestroikos al inicio y que eran en realidad producto de su vieja propensión prosoviética. El caso más bochornoso, sin lugar a dudas, lo sería el de Pedro Luis Ferrer, pero no es el único. Aldana se creía dotado del poder de sentar cátedra casi continuamente. Su mandato levantó no pocos resquemores y reanimó algunos fantasmas.

Intentó además, infructuosamente, controlarlo todo, desde el ICAIC, con la desastrosa y derrotada propuesta de fundirlo con el ICRT, hasta la UNEAC, donde lo intenta con una candidatura bien fabricada al frente de la cual marchaba el escritor –largamente bendecido hasta entonces en medios oficiales- Lisandro Otero, uno de los enfant terribles de Lunes de Revolución y del binomio Llanusa-Muzio. Y entonces, la intelectualidad agrupada en la UNEAC se movilizó –como ahora, contra los Pavón, Serguera y compañía- con un candidato alternativo que se llevaría la abrumadora mayoría, el hoy Ministro de Cultura, Abel Prieto, con su irreverente y elocuente melena, verdadero tributo a los turbulentos años 60. Los tiempos cambiaban y mientras Abel se consolidaba,[11] Aldana, el gran disertante, perecía en la ignominia de las corruptelas (1992) que siempre acompañan a todo poder. Y Pedro Luis Ferrer sigue componiendo y cantando y todos aprecian su obra y entereza personal.

Perestroika y Llamamiento

A primera vista, cualquiera diría, que esto nada tiene que ver con lo que se discute ni forma parte del quinquenio gris o el decenio negro, que es otra cosa o dimensión diferente. Creo lo contrario y permítanme argumentar.

Empiezo por decir que en Cuba no ha habido un ejercicio más democrático que la prolongada discusión del Llamamiento al IV Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC). Estas reuniones marcaron un hito en el ejercicio de una elevada cultura política y de debate abierto; muchísima gente se expresó con total honestidad y valor en el curso de las reuniones donde dicho documento fue discutido. Y es innegable que ello estuvo influido en los años precedentes, sobre todo desde mediados de los 80, por los procesos de perestroika y glásnost en la extinta Unión Soviética, promovidos por Mijail Gorbachov. Estos procesos habían impactado ampliamente a la clase política cubana, suscitando importantes reflexiones, segundas lecturas y críticas de nuestra propia experiencia. En este contexto ocurrieron cinco cosas importantes que sí tienen mucho que ver con lo que llamo la anti-cultura de la prohibición.

Primero, tan pronto se hizo evidente la magnitud del impacto del debate en la Unión Soviética, sobrevino una primera reacción: prohibir la circulación y venta de las publicaciones soviéticas que circulaban en Cuba, desde Tiempos Nuevos hasta Sputnik. El procedimiento carecía de sentido alguno y mucho menos de eficacia. Prohibir no hace desaparecer el problema ni reduce su impacto o influencia en nuestro medio. Algo similar había ocurrido en 1963 cuando se le prohibió a la agencia de noticias china Xinhua divulgar entre más de 30 000 suscriptores sus boletines con toda la polémica con la dirigencia soviética de entonces. Sin embargo, cuando la crisis en torno a Checoslovaquia (1968), se siguió un patrón completamente distinto: Publicar en Granma todo lo que se publicaba o escribía sobre esta crisis en todo el mundo. Esto era lo más indicado y saludable puesto que de cualquier manera la gente seguía informándose, actualizándose y debatiendo. Es lo que siempre debió hacerse, pues un máximo de transparencia siempre nos daría más fuerza moral, capacidad de persuasión y de convocatoria. Sin embargo, prohibir seguía interpretándose todavía años más tarde como un escudo contra la penetración[12] de ideas e influencias percibidas como “malsanas”. Semejante componente –perestroika y glásnost- condicionó en parte no pocos de los planteamientos en las reuniones del Llamamiento.

Segundo, el derrumbe del muro de Berlín y de la URSS si bien podían utilizarse para descalificar a la perestroika y a la glásnost (cosa esta advertida ciertamente desde muy temprano por Fidel Castro en repetidas ocasiones[13]), añadiendo lo de Tiennamen como ejemplo de influencia de signo negativo, estos hechos no lograban disminuir ni desacreditar muchas de las ideas y críticas derivadas de aquellos procesos.

Por otra parte –tercer elemento crítico-, coincidía todo esto con el impacto del caso Ochoa-La Guardia, cuestión esta que condicionaba cautelas y nuevos abroquelamientos entre sectores de la dirigencia cubana. Y si bien todo esto podía explicar una dinámica de rigidez y nuevos atrincheramientos ideológicos y políticos, lo cierto es que para muchos cubanos en la clase política, e incluyo aquí a toda la intelectualidad cubana, era evidente que ambas cosas –la carga negativa y la carga positiva de todos esos acontecimientos y su concatenación- no eran excluyentes en modo alguno y no debían dar pie a descalificar en bloque lo positivo de todo lo ocurrido ni que el término de properestroiko se empleara por Aldana y otros casi como un insulto y virtual acusación tenebrosa contra no pocos.

Cuarto elemento, la reacción de un sector de la dirigencia cubana –con un destacado protagonismo del propio Aldana y algunos de sus más vociferantes seguidores como Darío Machado, Amado Soto, Lázaro Barredo o León Cotayo - fue marcadamente hostil a la mayor parte de los planteamientos formulados en las reuniones del Llamamiento. Llovieron las críticas oficiales por los canales del Partido, las refutaciones a tales planteamientos abundaron a puertas cerradas, a diferencia del proceso público, abierto, de la discusión del Llamamiento. Prevaleció un ambiente particularmente conservador, restrictivo e intolerante. Podría argumentarse que los factores concatenados –perestroika, Ochoa, derrumbe, Tiennamen- podían ciertamente contribuir a una explicación racional acerca de porqué tanta nueva rigidez y tanta intolerancia, tanto abroquelamiento, pero en modo alguno sirve al propósito de disculparlos o aceptarlos.

Quinto elemento y final, y a manera de colofón lamentable de esos años 90 se produjo el llamado “caso CEA” (Centro de Estudios de América). Desde comienzos de los 90 y en particular después de las discusiones del Llamamiento al IV Congreso, el equipo de investigadores y personal del CEA comenzaron a ser percibidos con particular hostilidad oficial en los círculos del Departamento Ideológico, donde los Darío Machado, los Amado Soto y otros creaban una atmósfera de intrigas y sospechas en contra de lo que era una de las instituciones dedicadas a la investigación en la esfera de las ciencias sociales de mayor prestigio dentro y fuera de Cuba. El Coronel Rolando Alfonso Borges, a cargo del Departamento Ideológico desde comienzos de los 90, y José R. Balaguer, miembro del Buró Político que había sustituido a Aldana en el control y supervisión de las esferas de Educación, Cultura e Ideología, tomaron como buenas las fabricaciones en contra del CEA, las sobredimensionaron en el contexto de las circunstancias extremas que Cuba vivía en esos momentos y se las “vendieron” como monumental paquete a Raúl Castro. Tal vez lo peor de todo era que todo ello se hacía a espaldas de los afectados.

Como resultado de este nuevo entramado contra un brillante, dedicado y leal grupo de gente de pensamiento incisivo, penetrante y culto, cuyo quehacer intelectual estaba plenamente reconocido y avalado dentro y fuera de Cuba, la resolución del V Pleno del Partido (Marzo 27 de 1996) enfilaba su artillería pesada contra el CEA, lo crucificaba públicamente, con los peores epítetos a la usanza inquisitorial, como instrumentos del quintacolumnismo fomentado por EE.UU. y los cubanólogos norteamericanos, abandono de principios clasistas, etc.

Era un episodio único e insólito; una arremetida sin precedentes, aunque algunos señalaran que se estaba en presencia de una reedición agravada del triste episodio de Pensamiento Crítico. Lo más dañino era el impacto intimidatorio del lenguaje oficial empleado en contra de este grupo de investigadores. De nuevo cabe apuntar que el fantasma de los debates durante las discusiones del Llamamiento subyacían en todo lo ocurrido. No pocos lo vieron como un pase de cuentas donde se mezclaban los debates del 90 y 91, las envidias hacia el talentoso y exitoso desempeño de dicho centro de investigaciones más la intolerancia hacia interpretaciones y propuestas no generadas ni santificadas por la línea oficial, nacidas de la postura enfermiza de que el conocimiento y el pensamiento sólo pueden tener una sola instancia.

Los pormenores de este caso son más o menos conocidos por muchos, dentro y fuera de Cuba. No obstante, exploremos algunas de las lecciones a extraer. ¿Quintacolumnistas y toda la carga de epítetos contra un grupo de investigadores consagrados en su dedicación a la revolución? Esto carecía de credibilidad por completo. Peor aún era “cocinarlo” a espaldas de los perjudicados. Repito e insisto en esto pues discrepar o incluso contra argumentar respecto al trabajo del CEA, podía ser legítimo y hasta necesario, pero no como acción artera, desleal y carente de transparencia, máxime cuando era bien sabido que otras figuras e instancias del poder en Cuba –sin necesidad de mencionar a Manuel Piñeiro, en lo que sería una importante lista de figuras claves- tenían en alta estima el quehacer intelectual y la condición política del personal del CEA, investigadores y auxiliares por igual.

Tres observaciones finales sobresalen en este caso.

Primero que todo, el coraje colectivo de los integrantes del CEA en enfrentar, discutir y refutar los planteamientos del V Pleno y los ataques formulados contra ellos en reuniones posteriores. Cualquier cobardía los hubiera anulado para siempre y en esto sentaron un poderoso ejemplo. Siempre será poco lo que se diga acerca de la entereza y consistencia de este grupo de intelectuales.

Segundo, el lenguaje del V Pleno hacía temer los peores desenlaces y las acusaciones e insinuaciones de los Torquemadas subalternos encabezados por Darío Machado y los otros en reuniones posteriores, no dejaban lugar a dudas en su reclamo de rabo y orejas, como en buena faena taurina. Podían esperarse sanciones disciplinarias, pérdida de militancia y empleo, exclusión del sector de las ciencias sociales y otras, pero la consistencia y valentía demostrada en la defensa de sus posiciones y actuaciones, asi como el aprecio y simpatías de que gozaba el equipo del CEA entre otros sectores de la dirigencia y la intelectualidad –en particular muy visible en las intervenciones de Manuel Piñeiro y Abel Prieto- condujeron a una especie de congelamiento o “empate técnico,” cuya decisión, evidentemente, no partía de Balaguer o sus subalternos, sino de Fidel y Raúl.

Tercero, los peores desenlaces esperados desaparecían de la escena, el equipo de investigadores del CEA ciertamente fue desarticulado y dispersado, pero sus componentes individuales fueron plenamente respetados, ubicados en diferentes posiciones, en su mayoría acordes con sus perfiles, y en su abrumadora mayoría ahí continúan con su penetrante y culto quehacer, sin dejación de sus útiles herejías pasadas o actuales. El CEA, bajo la dirección de Darío Machado, dejó de ser lo que era en la cultura, en el pensamiento social y en las relaciones internacionales de Cuba, pero ya Darío Machado ni siquiera es director del CEA ni de cosa alguna que valga la pena mencionar. Y el quehacer científico e intelectual de los Rafael Hernández, July Carranza, Pedro Monreal, Aurelio Alonso, Fernando Martínez y los otros, es procurado por todos y sus trabajos leídos con enorme interés. A Darío Machado, como ente simbólico de episodios y tiempos oscuros, nadie lo procura ni lee. Y esta es la moraleja final del caso CEA.

Hoy y Mañana

Aun en los amargos momentos del caso CEA, hubo afirmaciones repetidas cuyo valor trascienden el episodio y apuntan a nuestro futuro: la experiencia del socialismo cubano tiene que ser repensada. Se dijo de maneras y énfasis diferentes, pero fue un reclamo claro y reiterado y que no quiere decir rendir o revertir aquellas cosas esenciales en las que se expresa la más amplia convergencia.

Algunos años más tarde, en el viejo parque Menocal, de 17 entre 6 y 8, se inauguró una singular escultura, la de John Lennon. Cientos de voces allí reunidas, a capella nacida de lo más hondo, entonaron aquella canción, suerte de himno increíble, que lleva por título Imagine. Allí estaban dos símbolos, uno, Fidel Castro; el otro, Abel Prieto. El primero elogiaba la letra de semejante canción. ¿Desagravio? ¿Reconocimiento de muchas cosas? Todo eso y más...

A comienzos del 2007, mientras leía las palabras de César López en ocasión de la Feria del Libro, pronunciadas en presencia de Raúl Castro, pasó en unos pocos segundos por mi memoria casi todo este apretado recuento. En este contexto también leía las reacciones internéticas a lo de Quesada, Pavón y Serguera y todo lo que le ha seguido como valiosa secuela (declaración del ICRT, de la UNEAC, reuniones en Casa de las Américas, en el ISA y todo lo demás). Y me dije -desde mi distancia y añoranzas- que creo que vamos por buen camino....

Más recién todavía, apenas unos dias atrás, en julio del 2007, leía a Fernando Martínez en su presentación en el Centro Teórico-Cultural Criterios y me identificaba plenamente con él cuando planteaba:

Será fructífero, y sin duda trascendente, que nos apoderemos de toda nuestra historia, que investiguemos sus logros, sus errores y sus insuficiencias, sus aciertos y sus caídas, sus grandezas y sus mezquindades, y convirtamos el conjunto en una fuerza más para enfrentar los problemas actuales de la revolución y la transición socialista, y para reformular y hacer más ambicioso nuestro proyecto de liberación.

Es una deuda con nuestro pasado reciente, con nuestro presente y las generaciones más jóvenes, y con ese futuro mejor que todos haremos, pero sin dejar de lado el alerta perenne contra cualquier forma de dogma, de monopolios de tesis, de intimidación expresa o velada al desarrollo del pensamiento, de la cultura, las artes y de sociedades mejores y más justas.

Notas:

[1] Véanse al respecto los escritos y entrevistas de Orlando Borrego, cercano colaborador del Ché, acerca de cómo este último insistía en aproximarse críticamente al marxismo manualesco facturado en Moscú, en contra de las simplificaciones del marxismo, la diversidad de enfoques y pensamiento y otros temas afines.

[2] Debe anotarse que si bien esto ocurrió y que nunca se divulgaron públicamente –circulando sí entre la clase política por diferentes medios y mecanismos de distribución restringida- las tesis de los PPCC de Europa Occidental y en particular del llamado eurocomunismo, la dirigencia cubana nunca se sumó a los ataques que el Partido Comunista de la Unión Soviética y sus seguidores hacían de semejantes tesis y del eurocomunismo. Fidel Castro y Carlos Rafael Rodríguez fueron especialmente cuidadosos en este tema y de mantener a Cuba en una posición independiente. También debe anotarse cómo, en diferentes momentos de los años 60, obras diversas y ensayos de Charles Bettelheim, Althusser, Lukács, Mandel y Gunder Frank, entre otros, habían circulado en Cuba, aportando interpretaciones y enfoques muy diferentes a la teoría y práctica del pensamiento socialista europeo.

[3] Proyecto que fue previamente sometido y aprobado por Fidel Castro y sus oficinas a partir del interés y respeto que la obra de Lewis despertaba por entonces.

[4] Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), primer antecedente de lo que sería más tarde la Columna Juvenil del Centenario y la Divisiones Permanentes de Infantería que culminaron en la creación del Ejército Juvenil del Trabajo, adonde debían fluir los excesos de jóvenes llamados al Servicio Militar Activo en aquellos años. Entre 1964 y 1966, el proyecto fue absolutamente deformado para convertirlo en unidades militares de castigo –cosa esta particularmente alentada por sectores del MININT, como el Departamento de Lacras Sociales, que llegaron a lanzar recogidas masivas e indiscriminadas por La Rampa y otras áreas- a las que se remitían a jóvenes homosexuales, melenudos, creyentes que desafiaban al servicio y elementos de claros antecedentes delictivos o manifiestamente desafectos junto a muchos otros jóvenes que no reunían ninguna de estas características. Convertidas en virtuales unidades de castigo, la crítica popular y en el propio seno de las estructuras dirigentes de la revolución, llevaron a una pronta rectificación por el propio Raúl Castro en persona, quien designó al capitán Quintín Pino Machado para disolver dichas unidades definitivamente y poner fin a tales prácticas, reconociéndose desde entonces que lo ocurrido había sido un disparate político mayor. Para una lectura autocrítica de estos acontecimientos, léase el testimonio de Fidel Castro a Ignacio Ramonet en 100 Horas con ...

[5] Entre 1968 y 1970, Llanusa llegó a ser percibido como el tercer hombre en Cuba dada la cantidad de organismos, instituciones y esferas que llegó a controlar, sentaba pautas y rumbos en sepetecientas mil cosas al mismo tiempo, incluyendo sus incursiones punitivas en el ámbito de la creación artístico-cultural...hasta que un buen dia se cruzó con Fidel en la calle 42 y éste le pidió detenerse y conversar. Al hacerlo, Fidel deslizó la frase: “Llanusa, la gente por ahí andan diciendo que tu tienes más poder que yo...” Llanusa llegaba a la casa infartado y de ahí en adelante pasaría a trabajar en temas de agricultura y relaciones con los campesinos, donde parece que tuvo una trayectoria más positiva, al menos al decir de algunos campesinos en Matanzas por los años 70.

[6] Episodio menos conocido fue el intento de algunos en el MININT de ganar méritos como veladores de la cultura a expensas, ni más ni menos, que de Onelio Jorge Cardoso, y su maravilloso cuento corto Caballo, cargado de belleza y ternura. Los Torquemadas se aparecieron con la infamia de que era una alegoría del deseo de ver morir a Fidel Castro. Lamentablemente para ellos, el paquete era tan burdo y la honestidad de Onelio tan grande, que aquello no pudo prosperar.

[7] Raúl Castro tendría una actuación posterior con respecto al caso de Pensamiento Crítico en la que arremetería públicamente contra esta publicación y varios de sus más brillantes investigadores. Enarboló el peligro del diversionismo ideológico, los estigmatizó como proclives a dejarse arrastrar por semejante corriente y al referirse a uno de ellos –Jorge Gómez Barranco- formularía una alegoría particularmente dañina con el segundo apellido de Jorge, el de Barranco, al decir que él y los demás “nos llevaban al barranco del revisionismo”, término muy en boga por parte de los ideólogos soviéticos. Pero, esta arremetida de Raúl Castro contra Pensamiento Crítico agravaría la atmósfera y actitudes generadas a partir de su discurso acerca del “diversionismo” y creaba un precedente especialmente dañino. De aquella acción contra Pensamiento Crítico, diría Fernando Martínez Heredia lo siguiente: “El pensamiento social recibió un golpe abrumador. Se cerró de tal manera el espacio, que las corrientes no marxistas fueron malditas y se trató de erradicarlas, se consideró incorrecto conocerlas y aún más tratar de utilizarlas. Dentro de las corrientes marxistas se afirmó que sólo la soviética era la aceptada y la correcta...” (Temas No. 3, La Habana). César Gómez Barranco, mantendría su identidad y lealtad propias a pesar de todo, para convertirse en el animador y talento del muy celebrado Grupo Moncada, mientras que Fernando Martínez sigue siendo una de las figuras más respetadas del pensamiento social en la Cuba de hoy. Alusiones autocríticas de parte de Raúl Castro sobre aquellas acciones pueden encontrarse en varias entrevistas concedidas por su hija, Mariela Castro, y por él mismo en su famosa conversación con Manuel Piñeiro en torno al caso CEA 25 años después.

[8] De Abrantes recordemos no sólo aquel famoso discurso en homenaje, y virtual desagravio, a la intelectualidad cubana de la segunda mitad de los 80, el que fuera por entonces percibido como reconocimiento y disculpa de un pasado con un registro de no pocos errores y abusos. También hay que recordar en esos años algo no público, pero bien comentado. En Matanzas, el delegado y jefe del MININT en esta provincia, organizó un asalto violento contra un recital de Clarilda Oliver, insigne poetisa, que este buen señor y algunos percibían como “desafecta.” Semejante acción no fue idea de Fidel, Raúl o Abrantes, sino de Torquemadas subalternos tratando de, por esos medios, ganar méritos. El balance fue la destitución y sanciónn de todo el personal del MININT involucrado en la fabricación y decisión de semejante acto.

[9] Aunque parezca increíble, algunos cabezas calientes en la Dirección Política de las FAR llegaron a la conclusión que Tora! Tora! Tora! (excelente filme con estilo de recuento documental sobre los acontecimientos que rodean el ataque de Pearl Harbor) no debía ser exhibida por brindar una visión demasiada benigna de la conducta de EE.UU., pero que, dicho sea de paso, sí era exhibida para personal de las FAR y el MININT..

[10] La fundación de Pensamiento Crítico y las actividades del Departamento de Filosofía en la segunda mitad de los 60 fue obra de Fidel Castro. El inspirador y apoyo principal, lo fue Fidel Castro, el hereje por excelencia dentro del proceso cubano. Rolando Rodríguez, Aurelio Alonso, Fernando Martínez y los demás lo saben perfectamente. Las polémicas y confrontaciones con los PPCC de América Latina y el Caribe y con la dirigencia soviética, le dieron particular aliento, pero los que allí escribían no se percataron que después de los sucesos de Praga en el 68 y la normalización temporal de las relaciones con los soviéticos, marcarían, irremediablemente, la muerte anunciada de Pensamiento Crítico y del Departamento de Filosofía ante el altar de la nueva, pero siempre frágil y temporal luna de miel con los bolos (de nuevo, uso de un cubanismo típico durante décadas para describir a los soviéticos). Las tertulias informales de cientos de estudiantes con Fidel en la Plaza Cadenas (hoy Ignacio Agramonte) en los 60 –episodio nunca estudiado o documentado-, siempre hasta altas horas de la noche, sembraron en miles de estudiantes durante años las más sanas herejías de entonces junto con Pensamiento Crítico, marcando a toda una generación, no pocos de los cuales ocupan hoy importantes posiciones dirigentes en Cuba.

[11] Recordemos su valiente argumentación pública, a fines de 1993, en contra de los criterios de Fidel, frente a frente y ante las cámaras de la TV, acerca de porqué tantos intelectuales y artistas se marchaban del país en esos momentos.

[12] José R. Balaguer, miembro del Buró Político del PCC, en ocasión de la polémica con los académicos del Centro de Estudios de América (CEA) diría en 1996, refiriéndose a los años de la perestroika y la glásnost: “El momento en que vivimos es tan complejo y difícil como cuando empezó la Perestroika. Creo que hicimos lo correcto, impedimos que nos penetrara.”

[13] En 100 Horas…Puede ser leído todo el razonamiento del Fidel Castro sobre Gorbachov.


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30/8/07

La guerra de las ideologías (II)

De nuevo, el anecdotario es abundante. Es de recordar la polémica entre Fidel y un grupo de científicos británicos que trabajaban en el Instituto de Ciencia Animal de la Universidad de La Habana en torno a la cría de ganado, suelos y forrajes. En dicho debate, alrededor de 1964, un ingeniero pecuario cubano nombrado Felipe Quintana (con excelentes credenciales durante la lucha insurreccional) decidió coincidir con los británicos y discrepar de Fidel. A los británicos se les suspendió su contrato y volvieron a Londres, pero los “segurosos” (cubanismo de entonces muy popular en el seno de la clase política para referirse a los oficiales de la Seguridad del Estado) de la señora Malmierca no encontraron nada mejor que recomendar el encarcelamiento del ingeniero Quintana. Cuando se le sometió esta propuesta a Fidel, los que por poco van presos son ellos y no el ingeniero Quintana, a quien Fidel reconoció y protegió en todo momento.

Esos mismos “segurosos” encontrarían luego, hacia fines de los 60, su primer caso estrella con el torpedeo y final anulación del proyecto en Cuba del afamado sociólogo e investigador norteamericano Oscar Lewis[3], autor de Los Hijos de Sánchez (la versión de Lewis sobre esos acontecimientos se encuentra en el prefacio de la obra de Lewis, Four Men: Living the Revolution – An Oral History of Contemporary Cuba, Vol 1, 1977).

Pero, el caso estrella culminante de la señora Malmierca y la antesala del Quinquenio Gris estarán representados por el affaire Padilla, que más allá de todas las diferencias o distancias que Padilla tuviera con el proceso revolucionario, no se justificaba ni por su contenido, ni por los procedimientos policíacos empleados, ni por los costos políticos, incluyendo la pérdida de lealtades entre amigos y simpatizantes en otros países. Años más tarde, otro maltrado de esa época primera, Pablo Armando Fernández, abundó en su libro Junto a las Voces del Designio (larga entrevista conducida por el periodista Luis Báez) con atinados juicios y testimonios acerca de estos episodios que anteceden al llamado Quinquenio Gris.

Menos ruidosos, pero no menos lamentables, lo habían sido los casos o “marañas” (y me disculpan por el uso de cubanismos de la época) contra Virgilio Piñera, César López Antón Arrufat y Eduardo Heras León, cuya postura y reacción fueron bien diferentes a la de Heberto Padilla. A diferencia de este último, aquellos se aferraron a su identidad y lealtad. ¿Y qué podrá decirse de los intentos en contra de Silvio y Pablo que, en común trinchera, pelearon en contra de todo aquello pese a sus ostracismos temporales en la UMAP[4] o en el pesquero Playa Girón respectivamente, pero no menos aferrados a esa misma identidad y lealtad?

Por otro lado, y paralelamente desde mediados de los 60, tiene lugar un importante cambio en la esfera de las instituciones de Educación y Cultura, cuando el recién fallecido José Llanusa Gobel asume la cartera de Educación y con ello el control del Consejo Nacional de Cultura. Llanusa jugaría un papel de primer orden en alentar, promover y respaldar activamente a cuanto Torquemadas tropical quisiera destacarse. Se hizo Llanusa de una mano derecha (con toda justicia cabe el término derecha) de apellido Muzio, de profesión psiquiatra, y cuyos excesos y abusos le ganarían un especial lugar en la memoria del repudio colectivo entre intelectuales reconocidos, jóvenes talentos que surgían e incluso simples estudiantes. En los centros educacionales –las universidades incluídas- Llanusa[5] y sus Torquemadas protagonizaron lamentables abusos. Dos de los más notables fueron los procesos en contra de Servando Cabrera Moreno –uno de los gigantes de la plástica cubana-, separándolo de su cátedra en el Instituto Superior de Arte y contra Samuel Feijoó –escritor prolífico, folklorista, sociólogo sin título, ensayista de primera, animador cultural, pintor y fundador de valiosas publicaciones ya desaparecidas tan importantes como Islas y Signos- en su querida Universidad Central de Las Villas. A diferencia de Padilla, en estos dos concurrían dedicación y compromiso con la Revolución, como en los mencionados casos de Silvio y Pablo, Virgilio Piñera, Antón Arrufat, Eduardo Heras León o César López. Mientras, su creación artística intentaba ser silenciada y anulada por los Torquemadas menores de Llanusa, quien justificaba y respaldaba tales acciones.[6]

Al binomio Malmierca-Llanusa (seguido después con inicial vehemencia por su sustituto proveniente de las FAR, el Comandante José R. Fernández) se suman otras dos instancias indispensables para comprender el tantas veces mencionado Congreso de Educación y Cultura de 1971. Por un lado, la Comisión de Orientación Revolucionaria, más tarde Departamento de Orientación Revolucionaria (hoy Departamento Ideológico), bajo la égida de Orlando Fundora, auspiciará y respaldará buena parte de las acciones e intentos de sentar cátedra y dogma en la esfera de la cultura por parte de los ya mencionados.

A lo anterior, se sumará, por último, la enorme influencia del MINFAR, de dos maneras diferentes. Primero, mediante un discurso a puertas cerradas que pronuncia Raúl Castro en contra del llamado diversionismo ideológico. Ciertamente, EEUU en su confrontación con Cuba, desplegaba directa o indirectamente todo un instrumental encaminado a erosionar los fundamentos ideológicos y políticos del proyecto cubano. Esto era, y todavía es, algo innegable. Pero, ir más allá y suponer que literatura, plástica, teatro o cine de otras latitudes, en suma el arte universal, debían asumirse con ojo policíaco y tomar las medidas necesarias en contra de ese arte, o del arte en general mejor dicho, interno y externo, no santificado y oficializado fue lo que los Torquemadas tropicales interpretaron e intentaron convertir en doctrina oficial.

¿Era esto lo que Raúl Castro quiso decir? ¿Instruyó él de manera explícita a que se procediera de esta manera?¿O interpretaron los Torquemadas tropicales que para ascender en su escala de valores y congraciarse con el poder era precisamente eso lo que debían hacer? Ciertamente, tal discurso los alentaba y sentaba cierta base de legitimidad para sus abusos, aunque también es cierto que Raúl Castro no hizo explícito ni escribió una directiva santificando los desafueros que sobrevendrían.[7] Sin embargo, lo cierto es que dicho término –diversionismo ideológico- se convirtió en la base de sustentación de tales sujetos y de sus acciones nefastas durante aquellos años de la década de los 70.

Lo segundo a tomar en consideración, fue que la Dirección Política Central de las FAR bajo Fernando Vecino Alegret primero y después bajo la jefatura de Antonio Pérez Herrero jugaron a semejante interpretación y se distinguieron por promover a Pavón y demás personajes, aplaudiendo sus proyecciones y acciones, empleando la revista Verde Olivo y su programación radial como cajas de resonancia.

La combinación de estos cinco factores –la señora Malmierca, Llanusa, Muzio y su equipo seguido por Fernández, Orlando Fundora desde la COR, la utilización de los discursos de Raúl sobre el diversionismo y Pensamiento Crítico y la actuación de Vecino Alegret y Pérez Herrero- fueron responsables desde la segunda mitad de los 60 hasta la creación del Ministerio de Cultura de las acciones que muchos ya han descrito con la fuerza de sus testimonios (Desiderio, Fornet, Colina y otros). Representaron una fuerza real, una amenaza real, causaron daños notables y peor aún, ejercieron un poder intimidatorio –fomentar el miedo no tiene perdón ni excusa- y retardatario de primera magnitud y no por un quinquenio ni un decenio. Esta misma combinación de tendencias y fuerzas es la que promueve, controla y domina el llamado Congreso de Educación y Cultura, en 1971, simbolizando el apogeo de la contra-corriente al Congreso Cultural de La Habana de 1968.

No pocos, que no debían haberlo hecho, se incorporaron activamente a esta corriente de ortodoxia marxóloga sovietizante con tintes tropicales, incluyendo algunos que luego tomarían rumbos bien opuestos como Raúl Rivero, Norberto Fuentes, Eliseo Alberto “Lichi” Diego, Manuel Díaz Martínez e incluso los ya difuntos Jesús Díaz (el cual se empeñó en negar su pertenencia a los órganos cubanos de la Seguridad del Estado, cuando media Habana sabe que sí lo había sido) y Manuel Moreno Fraginals, que se nos convertía durante años en conferencista y consejero personal en temas de cultura general de Tony Pérez y su equipo. Para muchos en el mundo cultural de entonces tales figuras fueron claramente percibidas como portavoces de una tal política y beneficiarios privilegiados de este sector de la cultura oficial.

Pero, ¿acaso era esto que describimos la conducta del poder en Cuba? Ciertamente, NO. Era en efecto la de una parte importante del poder, poderosa, influyente y muy destructiva en diversos planos. Pero, más importante todavía es entender que esta situación tenía una contrapartida no menos importante y no menos influyente que pugnaba, cuestionaba, detenía o neutralizaba o equilibraba mucho del quehacer destructivo de esas otras instancias y de las ideas de que eran portadoras. Quien no quiera entender ni reconocer esos tiempos en este contexto, es porque desconoce la realidad histórica del proceso cubano, conoce sólo una parte de la trama o insiste en su enfoque unilateral por las más diversas razones.

A los que representaban lo que pudiéramos llamar el bloque de la cultura oficial o anti-cultura, se le oponía, de mil maneras diferentes, lo que pudiéramos llamar el bloque de resistencia o libertad real. Si los Torquemadas tropicales tuvieron y tienen nombres y apellidos, aquellos que levantaron su voz y actuaron, pública y privadamente, también los tuvieron: El Ché, Osvaldo Dorticós Torrado, Carlos Rafael Rodríguez, Haydée Santamaría, Armando Hart Dávalos, Alfredo Guevara, Raúl Roa García, Celia Sánchez Manduley y otros, se contaron entre aquellas figuras del poder que no secundaron esos rumbos y apoyaron y protegieron un concepto más creativo y amplio, tolerante y polémico, y que respaldaron activamente a muchos intelectuales y creadores. La proximidad con Fidel de estas figuras que menciono –amén de un anecdotario abundante que lo ubica en oposición a los representantes de la anti-cultura- sugiere a todas luces una evidente interacción entre ellos y el beneplácito del primero. Otros ejemplos pudieran ser citados para confirmar esta manera indirecta, pero de apoyo y legitimidad, a los que se oponían a la corriente que insisto en llamar anti-cultura.

Más arriba mencioné que en el propio MININT también se enfrentaban diferentes posiciones. La señora Malmierca o el propio Ramiro Valdés bien poco tenían que ver con Sergio del Valle o Manuel Piñeiro, figuras estas de una mayor visión y cultura o incluso, en determinadas circunstancias, del propio José Abrantes, sobre todo años más tarde.[8]

Si todo esto tiende a confirmar lo que trato de presentar como propuesta central, consideremos además lo que ocurrió a nivel legal. No puede pasarse por alto nunca que el propio Tribunal Supremo, el de Cuba, no el de Moscú o Beijing, fallara a favor de aquellos que presentaron en su momento sus respectivas demandas legales en contra de tales abusos. ¿Ocurrió algo de esto bajo el Stalinismo?! Ni pensarlo! El anecdotario para ilustrar todo esto sería largo y alcanzaría para llenar un interesante volumen.

Por eso insisto en lo que pudiera aventurarse como mi propuesta de interpretación: ni quinquenio gris ni decenio negro ni 49 años color de rosa, sino un proceso constante, continuo, contradictorio, de flujo y reflujo, de experiencias e ideas contrapuestas en cuanto a la mejor o peor conducción del proyecto cubano.

Por esta razón, nunca faltaron a los cubanos las mejores manifestaciones del arte y la literatura en general, lo mejor del cine norteamericano, latinoamericano, europeo y japonés[9], de abundante música norteamericana en ondas nacionales, aunque con frecuencia sólo en instrumentales. Y que lo mismo ocurriera con la literatura latinoamericana y de no pocos autores norteamericanos y europeos, asi como con otras muchas manifestaciones artísticas.

Como estudiante de Historia que fui puedo testimoniar que para entender a los EEUU no estudié ningún manual soviético, sino autores norteamericanos (ninguno de ellos de filiación comunista) y para la Historia Universal a Maurice Crouzet y su grupo de académicos franceses, aunque en filosofía y economía sí tuviera que digerir a los manuales soviéticos en los años 70, cosa que no ocurría en los 60. Y en Historia de Cuba, Sergio Aguirre –contrario a lo que se afirma por algunos en Miami y otras partes- jamás logró desplazar ni competir seriamente con la indispensable obra de Ramiro Guerra, Jorge Ibarra, Hortensia Pichardo, José Luciano Franco, José A. Portuondo, Francisco López Segrera, José Tabares del Real y otros, que fueron maestros de generaciones enteras. Como bien argumentara con insistencia Carlos Rafael: La Historia de Cuba no puede escribirse ni explicarse sin la presencia de la obra monumental de Ramiro Guerra. Estos extremos se expresaban en la realidad cubana. Prohibiciones de ciertos textos y autores sí las hubo como también libros situados en condición de RESERVA en la Biblioteca Nacional o ediciones limitadas, sólo accesibles mediante cartas de organismos. Con el cine y la TV ocurrían episodios no menos lamentables como los descritos ahora con toda autoridad por Colina o por la desaparecida Consuelito Vidal, mucho antes de todos estos debates.

Sin embargo, mi propuesta de interpretación es que se trata de ciertos ciclos o períodos, con prohibiciones coyunturales o limitaciones puntuales y no sistémicas, corrientes y acciones que no se originaron nunca a partir de planteamientos o instrucciones de Fidel Castro, sino de otras instancias y sectores del poder. Y mucho más: estamos hablando y discutiendo acerca de lo ocurrido en los ámbitos de la política cultural y sus diversas esferas, pero un cuadro no menos controversial y accidentado pudiera abordarse –espero que algún dia se haga- acerca del terreno de las políticas económicas y nuestras experiencias, cuyos episodios datan igualmente de los albores mismos de la revolución, continuaron a lo largo de los 60, 70 y 80 y hoy reverdecen bajo el prisma de alcanzar un mejor futuro. Así, aproximadamente, se condujeron las cosas en esos largos decenios y los debates por los que hoy se transita confirman plenamente la necesidad y vigencia de los mismos.

Encontramos en estas décadas luces y sombras, oscurantismos y momentos brillantes. Se fue desde herejías fecundas como Lunes de Revolución y más aún de Pensamiento Crítico [10]– cuya clausura en los años del llamado quinquenio gris es, con certeza, el capítulo más oscuro y dañino- hasta la destrucción del Guiñol de los Camejo, desde las herejías de Fellini, Rocha o Wajda o lo mejor de Kurosawa hasta las prohibiciones que nos detalla Colina o tener que ir a la Biblioteca Nacional para leer a Ian Fleming o Jorge Luis Borges. Nunca hubo un desenvolvimiento lineal ni monolítico y en esto guarda la experiencia cubana una notable diferencia con el Stalinismo o el Maoísmo.

29/8/07

La guerra de las ideologías (parte I)

Bajo el título NI QUINQUENIO GRIS NI DECENIO NEGRO, SINO INTERMINABLE LUCHA DE IDEAS Y DIVERSIDAD EN LA CUBA REVOLUCIONARIA, les dejo una aproximación histórica al origen de debate ideológico actual. Mañana la segunda y última parte.

Por Domingo Amuchastegui

Los albores del 2007 en Cuba estuvieron caracterizados por intensos debates en el terreno de las ideas, tanto en los planos económico como en el de la creación artística. Y los debates continúan, lo que es muy saludable. Especial resonancia, y cobertura informativa, tuvo el debate entre creadores artísticos y literarios que se desató después de tres programas en la TV cubana con figuras de triste y conflictiva recordación y que en un pasado ya bien distante ostentaran importantes cargos relacionados con la creación y difusión cultural. Similar o tal vez mayor importancia tienen los debates e ideas que se manejan en el terreno de la experiencia cubana en la economía y de los cambios y reformas que semejante experiencia reclama.
Entre algunos de los involucrados en el debate acerca de las políticas culturales se repitieron los términos de “quinquenio gris” para calificar algunos años de los 70; otros alargaron el período hasta diez años y subieron el tono de gris a negro, caracterizándolos como “decenio negro,” pero en ambos casos coincidiendo en lo esencial: la presencia de políticas y acciones en el terreno de la creación artística y la difusión cultural que se distinguieron por prohibiciones absurdas y retardatarias, abusos, intimidaciones, aislamientos o “bloqueos burocráticos” (no publicación, no difusión, no salir a intercambios en el exterior) que dejaron heridas y resentimientos plenamente justificados entre los afectados.
Mis recuerdos, percepciones y propuestas de interpretación de aquellos tiempos son de otra índole, desde otras perspectivas y con otras connotaciones. No pretenden disminuir en grado alguno lo que se haya dicho o se pueda argumentar en un futuro sobre el tema en cuestión. Intentan ser, simplemente, un testimonio más, a manera de referencia de alguna utilidad, para las nuevas generaciones, en su crítica y mejor comprensión del pasado.
Primero que todo, quisiera aclarar que si bien se han aventurado algunas hipótesis y enfoques acerca de una especie de stalinismo tropicalizado, de un poder político esencialmente represor de toda manifestación cultural no santificada por el oficialismo y similares, no creo que sea éste el caso cubano. Nadie que conozca al stalinismo realmente puede con seriedad o rigor compararlo con las experiencias cubanas que estamos discutiendo; es como comparar un viento de cuaresma con un huracán categoría cinco. Y con esto no trato de justificar, disculpar ni minimizar lo ocurrido, sino simplemente contextualizarlo debidamente y en su justa medida.
No olvidemos cosas elementales, mi querido Watson... A todo poder organizado, le es característico la tentación de reglamentar y prohibir y, consiguientemente, de intimidar, abusar e incluso reprimir. Tal vez un ejemplo extremo sirva para ilustrar mi punto: Hace apenas unos dias leía a Leonard Pitts, uno de los columnistas más prestigiosos de EEUU, recordándonos cuanta intimidación, cuantas prohibiciones, silenciamientos y manipulaciones se habían originado en la administración Bush contra científicos y los resultados de sus trabajos, en torno al calentamiento global y otros temas. Y si queremos refrescar un poco más la memoria reciente recordemos Good Night and Good Luck, de George Clooney, el Fahrenheit/911, de Michael Moore o los excelentes ensayos de Ignacio Ramonet como La Tiranía de la Comunicación o Propagandas Silenciosas o las más tempranas contribuciones de Armand Mattelart...Retomando el refranero como fuente de conocimiento, me gusta recordar aquello de que en todas partes cuecen habas.
La otra dimensión que, notablemente, separa al caso cubano del horror stalinista en los planos de la creación artística –y en otros muchos que no vamos a discutir ahora- es el comportamiento del poder. El poder stalinista –luego de consolidado- se conducía como un bloque monolítico, constante y aplastante, mientras en el caso cubano lo que observamos es un comportamiento por parte del poder nada lineal, contradictorio, con diversas posiciones y actuaciones –tanto públicas como privadas- y con frecuentes desenlaces que nada tienen que ver con la brutalidad cavernaria del stalinismo.

Volviendo atrás
En estos meses he leído y releído anécdotas y episodios que ya tenía casi perdidos en la memoria asociados a los Pavón, Papito Serguera, Quesada y comparsa. Estas eran personas que poseían no sólo una indigencia intelectual mayúscula, sino que, sin clasificar siquiera como Torquemadas de menor cuantía, buscaban congraciarse con el poder y procurar su beneplácito y favores, mediante sus acciones, posando como puritanos veladores frente a la influencia de las manifestaciones extremas de la mal llamada cultura decadente del capitalismo y dispuestos a quemar a cuanta bruja se le antojara con tal de intentar acumular méritos con tales atropellos.
Lamentablemente para ellos, NUNCA tuvieron una política oficial, única, absoluta, específica y detallada que prohibiera a los Beatles, la pintura abstracta o erótica, el cine norteamericano, Los Siete Contra Tebas, Fuera de Juego o Los Condenados de Condado u otros de los contados extremos a que se llegó en algunos momentos...Por suerte, no contaron con un instrumento tal, aunque sí hubo, en determinadas coyunturas y períodos, fuertes corrientes a favor de que hubiera una tal política. Fueron aberraciones coyunturales o temporales que coexistieron con expresiones libérrimas de expresiones artísticas y literarias. Cuando recreamos el rosario quemante y vergonzoso de los episodios de los Quesada, Serguera o Pavón, paralelos a ellos, una y otra vez, brillan otras luces que no pueden olvidarse ni ser silenciadas (la Alfabetización, la escolarización masiva y sin límites, florecimiento de todas las artes, un cine extraordinario, de otros países y cubano, Conclusiones de un debate entre cineastas, Salón de Mayo en La Rampa, Canción Protesta, Congreso Cultural de La Habana, El Caimán Barbudo, novedoso periodismo como Siquitrilla y Fantomas, obras como Paradiso, Pensamiento Crítico, Grupo de Experimentación Sonora, debate en torno El Caso Morgan y todo lo demás). Y esto no hace sino probar, una vez más, que nunca hubo un bloque doctrinario absoluto y aplastante del tipo Stalin-Zhdanov y sí una dialéctica de conflicto en todas las instancias, niveles y figuras, y no sólo de la creación artística, sino también de la dirigencia política revolucionaria.
El recorrido de esta experiencia no es privativo de un quinquenio o década; estuvo presente hasta los 90 y pudiera manifestarse de nuevo, pero, sin duda, para salir mal parada. Los hechos recientes así lo demuestran.
Establecida esta premisa, al menos desde mi perspectiva y sin otra pretensión que refrescar la memoria histórica, pasemos, como buen cuentero, que no es lo mismo que cuentista, a examinar los procesos que están a debate.
La discusión del pasado algunos la remontan a Habana PM, pero yo no. Este documental no es el primer episodio ni remotamente y no sólo esto. Habana PM –en mi opinión se trató de un documental de poca monta acerca de una Habana que ya dejaba de ser eso que se describía y carente de valores u originalidad-, recibió la crítica oficial, cierto, pero muchísimo más que eso, recibió el rechazo y la condena de la abrumadora mayoría de la gente que lo vio y ahí quedó, sin penas, glorias, ni secuelas.
Desde mi perspectiva, el primer episodio está representado por el semanario Lunes de Revolución. No obstante sus enormes cualidades y sus muy heterogéneos componentes, Lunes –con el respaldo oficioso que tenía y que buscaba ampliar tratando de sentar cátedra- en la pluma de algunos de sus escritores más brillantes arremetieron con ánimos iconoclastas contra los fundadores y escritores del grupo Orígenes. ¿Estaban acaso Fidel Castro o Raúl Castro instigando a estos escritores en contra de Orígenes? Nada más distante de la realidad.¿ O acaso eran Carlos Franqui y dichos escritores, quienes en un arranque típico de sarampión destructivo, buscaban una especie de magistratura cultural en tiempos de revolución, tratando de anular a un grupo cuyas credenciales literarias, honestidad y humanidad –más sus convicciones cristianas- estaban muy por encima de las de ellos? Mi testimonio y vivencias tienden a validar muchísimo más esta última hipótesis.
Al mismo tiempo, a manera de segundo episodio, hubo otra ola gris (en términos telúricos deberíamos referirnos a ella como un tremendo tsunami y no simple ola), negra o gris con pespuntes negros, que estaría representada por diferentes figuras provenientes del Partido Socialista Popular, que enfilaron sus cañones contra figuras políticas de la izquierda e intelectuales (algunos de los cuales en el pasado habían sido expulsadas de dicho Partido, habían roto sus alianzas con el mismo por diferentes razones o diferido con el mismo en diversos temas). Raúl Roa, Alfredo Guevara, Vicentina Antuña, Enrique De la Osa, el propio Carlos Franqui y otros, se encontraban entre los atacados. Muchos viejos dirigentes del PSP –no todos, en honor a la verdad y distingo aquí a figuras como Carlos Rafael Rodríguez y José Felipe Carneado- también destilaban una marcada hostilidad contra las principales figuras del grupo Orígenes.
Mucho peor aún sería el intenso sectarismo político promovido por esos dirigentes del antiguo PSP. Los contornos políticos de ese sectarismo, sólo en parte discutidos públicamente por Fidel Castro, alcanzarían –en opinión de muchos dirigentes y cuadros en Cuba en esos momentos- ribetes de virtual intento de toma del poder o golpe de Estado por tales figuras con el aliento y respaldo del embajador soviético de entonces y alto oficial de la KGB, Serguei M. Kudriatzev, siguiendo instrucciones de Moscú. Alexander Alexeev y Oleg Darushenko –expertos soviéticos privilegiados en su participación de los acontecimientos cubanos de aquellos años- fueron testigos y partícipes de estos candentes acontecimientos y de los que poco o nada se habla o escribe. No por casualidad Kudriatzev sería expulsado de Cuba, junto a Anibal Escalante, a cajas destempladas y bajo fuerte escolta militar luego del discurso del 26 de marzo de 1962, en que Fidel Castro denunciara partes de esta trama.
En esos tiempos, figuras del PSP como Blas Roca, Anibal y César Escalante, Leonel Soto, Edith García Buchaca, Gaspar Jorge García Galló, Raúl Valdés Vivó, Mirta y Sergio Aguirre, Sidroc Ramos y otros se empeñaban en el ejercicio inútil de lo que debía o no debía leerse, estudiarse, expresarse. Y no sólo lo hacían con vehemencia nacida de convicciones –lo que puede considerarse hasta legítimo-, sino que muchos de ellos procuraban hacerlo desde sus respectivas e incrementadas cuotas de poder y mediante la intimidación y el abuso. Bajo sus alas protectoras prosperaban jóvenes como los Andrés Vilariño, los Merino, los Aldo Alvarez los Ravelo, los Bell Lara, los Bofill y muchos otros que ya olvido y que se conducían entonces como los hungweipings o guardias rojos de una anticipada –y por suerte malograda- revolución cultural a “la staliniana.”
En semejante contexto, tendría lugar la famosa reunión -con una nutrida representación de la intelectualidad cubana- en la Biblioteca Nacional con Fidel Castro a los efectos de discutir semejantes presiones e intentos bastardos de estos Torquemadas tropicales que tenían por norte normativo el llamado realismo socialista ratificado luego del mal llamado deshielo o crítica al stalinismo de 1956 (XX Congreso del PCUS).
En ese encuentro con los intelectuales -no olvidemos por un minuto el contexto de guerra civil y agresión extranjera que vivía el país-, Fidel Castro alentó amplios horizontes de la creación cultural en semejantes condiciones, pero sin arremeter frontalmente contra los Torquemadas tropicales. Más explícito y condenatorio lo sería en su discurso del 26 de Marzo de 1962 contra Anibal Escalante y en el análisis del caso de Matanzas, donde “el abuelo” Calderío (hermano de Blas) y Suárez (Indamiro Restano) eran culpables de políticas extremistas desastrosas que provocaron más alzamientos de guajiros que los propios fomentados por la CIA asi como las manifestaciones populares de descontento callejero en el ya casi olvidado incidente en Cárdenas, en el verano de 1962.
Las anécdotas de entonces abundan en un sentido y otro. Anécdota poco conocida de aquellos tiempos es aquella donde esos veladores del pensamiento llegaron hasta el punto de condenar una popular canción romántica (los Beatles no habían llegado al patio todavía) con el título de Adiós Felicidad. La cantante que la popularizó se la cantó a Fidel en plena calle y a él le pareció muy buena y afirmó que no tenía nada de reprobable...En el otro extremo del espectro, Blas Roca y otros rompían lanzas en contra del desarrollo de los estudios de Sociología en la Universidad de La Habana por considerar dicha disciplina una seudo ciencia burguesa, postura que simbolizaba la quintaesencia paralizante de las secuelas del stalinismo soviético.
Para aquilatar las enormes tensiones políticas que subyacían en este fenómeno, léanse con sumo cuidado las líneas que dedica el Ché a este fenómeno y su enorme carga negativa en El Hombre y el Socialismo en Cuba. El Ché desde muy temprano arremetió con su enorme capacidad contra el legado desastroso de la cultura manualesca, sovietizante y dogmática originada en Moscú e inoculada por medio de los vectores ya mencionados.[1]
Bajo el sectarismo y sus secuelas, los textos marxistas de factura francesa y la obras del francés Garaudy y del italiano Gramsci se silenciaban y aislaban[2]; la catequización marxista masiva se producía mediante las llamadas EBIR (Escuelas Básicas de Instrucción Revolucionaria), con una carga de dogmatismo y simplificaciones de la peor especie.
Apenas un año más tarde, en 1963, el sectarismo del viejo PSP afloraba nuevamente. Una vez más, Blas Roca y los instigadores detrás de él, se lanzaban contra Alfredo Guevara –con quien tenían viejas cuentas por considerarlo traidor al PSP por apoyar desde el inicio a Fidel y la línea insurreccional contra Batista- con la famosa polémica pública en torno a la exhibición del filme La Dolce Vita. Aunque Fidel llamaría a cesar la polémica dias más tarde, la misma había alcanzado suficiente vuelo para mostrar cuán diferentes posiciones y actitudes había con respecto a los temas de la creación artística y su difusión. No menos importante también había sido la polémica entre un grupo de cineastas con Mirta Aguirre y Edith García Buchaca, culminando con el documento titulado Conclusiones de un debate entre cineastas (1963).
Hacia la segunda mitad de los años 60, esa diversidad iría cobrando mayores polarizaciones, algunas de connotaciones particularmente negativas. Por un lado, en el seno de algunos de los órganos de la Seguridad del Estado (Contra-Inteligencia), ganaba amplitud, poder e influencia una dirección especializada en el área de la cultura bajo una figura de muy triste recordación por sus enfoques y acciones, una de las hermanas de Isidoro Malmierca (y me excusan por no recodar su nombre). Si su hermano había sido una figura clave de Anibal Escalante en el plano político en los años de extremo sectarismo, ella sería por unos cuantos años más, la real y verdadera figura máxima de la Inquisición policíaca contra el mundo de la intelectualidad, la encargada de inventar demonios y truculencias, sospechas y dudas contra numerosas figuras del mundo intelectual cubano que luego difundía y sembraba mediante infames informes entre la dirigencia revolucionaria, buscando ganar adeptos y méritos. Por suerte, dentro y fuera del MININT había muy diversas fuerzas y figuras (que discutiremos más adelante) que se le oponían, neutralizando una y otra vez no pocos de sus ataques y paquetes fabricados contra muy diversas figuras.

6/5/07

Aires de apertura en La Habana

Esta reseña, vinculada a las recientes resoluciones aduanales que permiten la importación de equipos audiovisuales, plantas eléctricas y piezas automotrices, y cuya lista pudiera ampliarse, revelan una voluntad política de ir eliminando aquellos obstáculos al normal desenvolvimiento de las familias cubanas. Por ahora, aquí reproduzco este artículo relacionado con rectificaciones de errores derivados del llamado "quinquenio gris".

Por: Mauricio Vicent, de El País
La protesta que a principios de año protagonizó un numeroso grupo de escritores y artistas cubanos, a raíz de la rehabilitación en televisión de varios ex funcionarios vinculados a la etapa más negra de la cultura cubana, ha sido un revulsivo y ha traído ciertos aires de apertura en Cuba. La movilización de los intelectuales permitió el inicio de un debate en instituciones culturales y universidades sobre temas tabú, como el estalinismo cultural en los años setenta, y la proyección de películas cubanas censuradas por el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), como Suite Habana y Fresa y chocolate.
El pasado viernes, 14 años después de su realización por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, el canal educativo de la televisión cubana emitió Fresa y chocolate, una película que reivindica el derecho a la discrepancia y denuncia la persecución a la que fueron sometidos los homosexuales por la revolución. El filme, producido por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), marcó un antes y un después en la isla, y obtuvo en 1993 el premio a la mejor película en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.
Su proyección, a las ocho y media de la noche en el programa Espectador crítico, fue vivida como un triunfo por los intelectuales y artistas que participaron en la protesta, que comenzó en enero con el intercambio de correos electrónicos tras el rescate por el ICRT de la figura de Luis Pavón Tamayo, considerado el principal ejecutor de la política que censuró y marginó en los años setenta a cientos de creadores cubanos por no cumplir con los "parámetros revolucionarios". Varios escritores y cineastas denunciaron entonces que, tres décadas después del denominado quinquenio gris, el ICRT seguía siendo censor y prohibía la emisión de una veintena de películas cubanas, entre ellas Fresa y chocolate.
"Las señales de que el debate de los intelectuales ha tenido consecuencias están claras: el ICRT, que fue la manzana de la discordia al rescatar a Pavón, ha tenido que abrir sus puertas al cine cubano prohibido", afirmaba ayer Juan Carlos Tabío, uno de los más importantes realizadores cubanos, cuyos filmes El elefante y la bicicleta, Lista de espera, Aunque estés lejos y Guantanamera que codirigió con Gutiérrez Alea, nunca han sido emitidos por televisión pese al éxito de público cosechado en los cines.
El mes pasado, la televisión emitió Diario de Mauricio, de Manuel Pérez, y Suite Habana, de Fernando Pérez, dos películas recientes que abordan la realidad cubana con una visión crítica y que hasta ahora también habían sido vetadas por el ICRT, institución que dirige el teniente coronel Ernesto López, ex director de los estudios fílmicos del Ministerio de las Fuerzas Armadas. Según diversas fuentes, tras el escándalo que provocó la resurrección de Pavón y de otros funcionarios vinculados al quinquenio gris, por el que hubo de rendir cuentas López en varias reuniones ante un grupo de intelectuales y el ministro de Cultura, Abel Prieto, que tomó partido por los denunciantes, el ICRT emitirá todas las películas censuradas.
Pero éste es sólo uno de los resultados del ciclón de los e-mails, así bautizado por sus protagonistas. La movilización de los intelectuales ha servido, sobre todo, para abrir espacios de debate reclamados desde hace largo tiempo por los creadores cubanos. Espacios administrados hasta ahora con cuentagotas para abordar dentro de las instituciones culturales cuestiones que van más allá de la denuncia de represiones pasadas, pues lo que se pretende es cambiar la realidad de hoy, en la que perviven políticas de exclusiones e intransigencias, como la del ICRT hacia el cine crítico.
En los últimos meses, la Casa de las Américas y el Instituto Superior de Arte han sido escenarios de sendos debates sobre el quinquenio gris y sus repercusiones negativas en la cultura cubana, en los que los más jóvenes han sido especialmente críticos y antidogmáticos y han demandado cambios en la política cultural y participación real. Bajo este ambiente nuevo, la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba convocó el mes pasado su próximo congreso, que trazará las políticas culturales para los próximos años, dejando claro que sus "propósitos y fines, siempre dentro de la revolución, pasan necesariamente por la defensa de la diversidad".