9/10/07

Del Estado omnipresente al socialismo simpático

Por: Enrique Soldevilla
Los contenidos de la discusión que tiene lugar en Cuba, convocada a todos los niveles de la sociedad por el partido comunista, plantean un reto a la dirección del gobierno: asumir un desprejuiciado sentido de la autocrítica capaz de acometer el desafío de una profunda reorganización del modo de relación Estado – sociedad que ha caracterizado al proceso revolucionario cubano por casi 50 años y cuya funcionalidad resulta inadecuada para el momento histórico actual, en el que la generación líder debe enfrentar la realidad de su desaparición biológica y del cambio generacional, en lo interno, y las transformaciones del método y del pensamiento revolucionarios, como se aprecia en China, Vietnam o en los diversos gobiernos de izquierda suramericanos.
Para usar un símil con la planificación militar pudiera decirse que esta vez el teatro de operaciones se circunscribe a los muros perimetrales de la mentalidad política. Así, frente al espejo de conciencia, el liderazgo cubano no debiera declinar asaltarse a sí mismo, como en un nuevo Moncada, en una acción impostergable, esencialmente revolucionaria, para ganarle la batalla a esa quinta columna natural engendrada por los mariscales Tiempo, Rutina y Apatía.
Planteado de esa manera el asunto, el objetivo es repensar el modo de relación y el papel del Estado socialista en esta etapa en que serán reforzadas las bases de la continuidad de un proceso sociopolítico que marcó un hito en la historia latinoamericana desde 1959. De lo contrario, se reducirán las probabilidades de una genuina continuidad renovada del modelo.
Pero en todo este contexto surge una pregunta indispensable: ¿Qué tipo de sistema socioeconómico desearían entonces los cubanos de a pie? ¿ Se trataría estrictamente de una transición?
Una transición – cambiar un modo de ser o estar a otro distinto – significa un cambio cualitativo en términos de desarrollo. Y para que se produzca ese cambio de calidad deben confluir tres aspectos que lo motoricen: una mayoritaria voluntad popular de inconformidad con el estado de cosas presente, un sentido claro acerca del punto de destino y el surgimiento espontáneo de actores que protagonicen el tránsito proyectado. ¿Convergen hoy esos tres componentes en el contexto cubano?
Existe una inconformidad mayoritaria con la escasez de alimentos, vestuario, medicinas y con la falta de perspectivas para la adquisición de una vivienda, así como con la imposición del mercado interno en divisas y la dualidad monetaria; igualmente hay descontento con la falta de libertad para el desarrollo pleno de formas de economía no estatal vinculadas como subsistema a la macroeconomía nacional. Cito solamente un conjunto de necesidades que la población percibe como de primer orden, por lo cual devienen secundarios, por el momento, asuntos como el de la "libertad política", que en comparación no suele aparecer en el imaginario popular inmediato.
Hay también, aunque minoritaria y disímil en posturas ideológicas, fragmentada y penetrada por la seguridad, una oposición pacífica que identifica en la naturaleza totalitaria del régimen las causas de las limitaciones antes mencionadas. A la vez, la mayoría inconforme y la minoría disidente tienen en común el padecimiento de la escasez y la participación en el mercado negro como recurso inevitable de subsistencia, pero también el usufructo de las gratuidades sociales que el sistema provee. Los diferencia la perspectiva del futuro político.
Tampoco se atisba claridad acerca del punto de destino deseado: la concepción de un modelo sustituto, pues en la conciencia del ciudadano de a pie se idealiza un sistema híbrido que preserve los beneficios sociales del proyecto actual, combinados con mayor libertad económica. La percepción del cubano residente en la isla es que un itinerario hacia ese soñado modelo híbrido exige la desconstrucción del actual modo de relación Estado-sociedad donde metafóricamente el Estado es el motor y la sociedad el side car acoplado lateralmente. La gente desea superar el modelo de Estado asistencialista y sobreprotector que constriñe el despliegue del potencial intelectual y productivo (capital humano) formado dentro de la revolución que pueda retribuir plenamente sus beneficios a la sociedad. El actual modo de vinculación Estado-sociedad es un ejemplo de cómo al sistema lo limita su propio rigor, pues reproduce el círculo vicioso de empleos sin incentivos, embarga la iniciativa creadora, propicia el deseo de emigrar y acomoda al ciudadano, al colectivo laboral y a la sociedad en general, bajo la sombra de la improductividad; acostumbra a la gente a "recibir" sin esfuerzo y, paradójicamente, es fuente generadora del mercado negro, ese espacio subyacente donde las necesidades primarias de la subsistencia cotidiana pugnan con los valores morales que el discurso oficial promueve y la sociedad encarna.
Pero por otro lado el pueblo de la isla considera con certidumbre que si la alternativa al régimen cubano actual es el calco de las democracias latinoamericanas, es improbable que cinco generaciones beneficiarias de prestaciones estatales gratuitas, durante 48 años, se resignen a perderlas frente a presuntas privatizaciones en sectores percibidos como estratégicos para el bienestar social. No puede dejarse de lado el hecho de que la revolución misma se produjo para superar, en su momento, el tipo de gestión política que caracteriza todavía hoy a la abrumadora mayoría de los gobiernos de nuestro hemisferio.
El apasionamiento del debate hace olvidar que es justamente en la esfera de las prestaciones sociales donde el sistema exhibe su mejor rostro y donde reside la cimentación del consenso popular; donde se legitima la gobernabilidad. Ese derecho adquirido de prestaciones gratuitas -y la conciencia política que de ellas tiene mayoritariamente la población- esencialmente son la revolución cubana. De manera que cualquier escenario de análisis debe considerar la variable prestaciones sociales como premisa de la futura gobernabilidad, pues están enraizadas en el pensamiento popular porque forman parte de su propiedad personal.
Otro factor a tomar en cuenta es la existencia de unas fuerzas armadas cohesionadas en torno a un proyecto sociopolítico y a sus líderes, altamente ideologizadas, fundidas con la población y educadas bajo férreos principios de austeridad y anti corrupción, por lo cual gozan de aceptación y confianza popular.
Los analistas del porvenir cubano debieran considerar la paradoja de una sociedad civil con suficiente cultura política como para criticar las limitaciones materiales y trasegar en el mercado negro, de supervivencia, pero al mismo tiempo defender aquellas gratuidades metabolizadas por un sentimiento de beneficio.
Lo antes observado permite indicar que el actor principal de una transición hacia la continuidad es la opinión pública cubana, que junto a las fuerzas armadas intentará garantizar el usufructo de las prestaciones sociales, abriendo en su momento, de modo gradual y probablemente empezando por el sector agropecuario, un nuevo escenario caracterizado por la eliminación de algunas prohibiciones económicas vigentes hoy, entre ellas una transformación del concepto de propiedad en el socialismo, así como por cierto grado de descentralización estatal y por la futura representación parlamentaria de una oposición consentida, complaciendo de ese modo a sectores populares mayoritarios que reclaman con convencimiento: ¿Será alcanzable un socialismo simpático?
© 2007 Copyright E. Soldevilla E.

2 comentarios:

Troglo dijo...

Arriba caballero, que ya estoy de nuevo por aqui, vamo a ponerle pierna a esto.Tok

Medea dijo...

El simpatico es Chavez que les va a mandar petroleo por 200 annos, dijo, como todo el mundo sabe. Con esos truenos para que hace falta un socialismo simpatico?